La mañana se desarrolla con normalidad. Vivo y sueño. El café tiene ese agradable sabor a agua que tienen todas las bebidas asépticas de un día de primavera sin sol. Hay una masa de abrigos y bufandas que corren a mis espaldas. Todos huyen del retraso y abrazan el orden. Suenan bulerías en un I-pod. Es él. Una vez más.
-Qué tal, hermano?
-Ya ves, aquí. No sabía si te volvería a ver. Llevas tiempo sin aparecer por este maldito y vidrioso edificio.
-Ya. Es que me costó volver. Estaba y no estaba, buscaba...
-Lo qué?
-...una cara conocida que me entendiera. Bueno, lo de siempre, ya sabes. No quiero amargarte con mis angustias. Y tú, qué tal?
-Lo hemos dejado. Te referirás a eso, me imagino. Todos me hacen la misma pregunta, la de siempre, ya sabes.
Rebuscando en el bolsillo del pantalón, y tras un esfuerzo que a muchos hubiera causado un esguince de la tercera falange, sacó un paquete de tabaco. Estaba plegado por todas partes, como familiares que no se cuidan. Olvidados y, sin embargo, presentes. Coloca un pitillo entre sus labios, todavía humedecidos por el sorbo de café que acababa de tomar. Del I-pod, que al verme ha dejado tocando sobre la mesa, emane ahora un fandango de Camarón. No estoy acostumbrado a verlo fumar. Lleva dos años preguntándome por qué fumo, qué sentido tiene tragar veneno, qué me aporta, etc. Nunca le había visto prender un cigarro, adentrar esa cruda primera calada, cerrando los ojos y botándola, sin tragarla, para preparar minuciosamente el paladar a soportar la leve irritación del primer cigarro del día. Decido no hablarle de ello. De repente, se oyen las guitarras, afiladas como puñales, de una nueva bulería. Sin permitirme decir nada, con un dedo erguido frente a la boca y pidiéndome silencio y escucha, me coloca los cascos en la cabeza:
"Ya no me cantes cigarra,
Ya! para tus sonsonetes,
Que llevo una pena en el alma
Como un puñal se me mete,
Sabiendo que cuando canto
Suspirando va mi suerte.
Bajo la sombra de un árbol
Y al compás de mi guitarra
Porque la vida se acaba
Y no quiero morir soñando
Como muere la cigarra."
Es una vez más una canción de Camarón. La cigarra. Si recuerdo bien, la primera vez que la escuché fue en el disco de su directo de París. La leyenda dice que la cantó unos segundos tras haberse enterado de que padecía cáncer. No sé por qué pero la tristeza que reflejaba el rostro de mi amigo me provocó ira. Qué imbécil, pensé.
- Y-le pregunté-?
- Ya sé que no te gusta el rollo dramático, pero me siento así, tal como lo canta Camarón. Estoy tan soso que me he puesto a fumar. No consigo llenar ese vacío, fueron ocho años en común! Amigos, viajes, recuerdos, proyectos...todo se me esfumó, como este cigarro se me esfuma. Estoy seguro de que tú también fumas para colmar una herida. Lo pensé el otro día. No se puede fumar estando bien! Uno no puede matarse si tiene quién le acaricie, quién le quiera, quién le pida cuidarse y vivir!...Perdona, me estoy pasando. Sé que va a pasarme pronto, es que a veces se me va la hoya.
Me quedé atónito frente al numerito de esa persona cuya vida siempre había carecido de azar. Me dí cuenta que lo había previsto todo menos esto. Fumaba nerviosamente, echando miradas avergonzadas y llenas de preguntas. Me pareció el momento adecuado para prenderme, a mi vez, un cigarrillo. Sentí que repetía una escena de una mala película de serie B de Hollywood. Me sentí, por unos segundos, vivir en blanco y negro hasta que su voz me hizo reaccionar:
- Qué? Te doy pena, verdad?
- No, hermano. El que tiene pena aquí eres tú. Yo, unicamente, podría sentir empatía, pero ni siquiera eso siento en estos momentos por tí. Llevas dos años preguntándote si le sigues queriendo, si no te convendría más una mujer más alta, más flaca, más gorda, más sensual, y más, y más. Hoy me vienes con tu cigarro y tu cara de niño abandonado, pidiéndome que te explique por qué fumo. Quizá creas que, a mi edad, se siga fumando porque uno no se siente agusto con su vida, con su apariencia, con su gente. Quizá creas que quemo, con mi cigarro, las heridas que van brotando con los años. Quizá te ayude pensar que somos un todo, una máquina cuyas reacciones se pueden pensar y explicar tras un breve estudio de las costumbres humanas, pero la verdadera pregunta que estás haciendo es otra. Lo que quieres saber es cuándo y cómo puedes deshacerte del vacío que inundó tu vida. Fumas, un poco, para que te pregunten por qué; un poco, para hacerte daño, y mucho para expresar físicamente lo que tus palabras cayan. Eres humano y previsible, como lo es, y parece haberlo siempre sido, tu vida. He tenido novias, padres, amigos y los sigo teniendo. El cigarro me acompañó en cada risa, en cada barra, en cada cena desde que he cumplido los quince. Me pregunto qué mata, si mi vida o mi capacidad de olvido. El cigarro apoya el silencio, para tí, pero para tu humilde servidor, el humo del cigarro se aparenta a rostros del pasado y del presente, a gritos desmesurados contra la muerte, a segundos de eternidad, a dolor...
- Ah! Ves! A dolor...
- Sí, claro, a dolor, pero, al único dolor que se merece sentir como imborrable, inmutable: La Muerte. Lo demás son quejas, un plural. El dolor no es plural, las quejas, sí.
Sentí que era el momento de marcharme. Apagué mi cigarro, le dí un apretón de manos y le devolví el casco. Dí unos pasos por el pasillo antes de retorcerme y volver apresuradamente hacía él. Le cogí el I-pod y le puse una bulería dándole unas palmas ligeras por la espalda y deseándole un buen día. Me miró con sobriedad, pero con los primeros compás de la canción, me ofreció una sonrisa fresca y burlona, de esas que hacía Camarón, valientemente, cuando le preguntaban por su estado de salud:
"Viviré,
Mientras que el alma me suene
Aquí estoy para morir
Cuando me lleven (...)
Siempre vivan los míos,
Y que no me den tantos consejos
Que en el jardín de mi casa
Nunca falte alegría,
Vivir y Soñar
Sólo me gusta andar en libertad."
Siempre pensé que la única desventaja del I-pod es que nos olvidamos, o pasamos simplemente, de escuchar la totalidad del disco de un artista. Es una pena, porque perdemos enfoques que también nos podrían aportar algo, aunque sólo sea, algo diferente.